CÓRDOBA (2º PARTE)
Hola de nuevo a todos. ¿Qué tal? ¿Cómo estáis?
Continuamos con la segunda parte del reportaje de Córdoba.
Córdoba es una ciudad y municipio español en Andalucía, situada en una depresión de las orillas del Guadalquivir y al pie de Sierra Morena. Según datos del INE en 2023, alberga una población de 323.763 habitantes, siendo la tercera ciudad más grande y poblada de Andalucía tras Sevilla y Málaga, y la duodécima de España. Su área metropolitana comprende los municipios de la capital junto con los de Almodóvar del Río, Guadalcázar, La Carlota, Obejo, Villafranca de Córdoba, Villaharta y Villaviciosa de Córdoba, albergando una población total de 354.202 habitantes, según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística en 2022, la vigésimo-tercera más poblada de España.
Fundada por los romanos a mediados del siglo II a.C., se convirtió en la capital de la Hispania Ulterior en tiempos de la República romana, además de la provincia Bética, siendo una de las ciudades más prósperas y cultas del Imperio romano. Tras la invasión musulmana de Hispania en el siglo VIII, la ciudad se alzó como capital del Emirato de Córdoba, mientras que durante el Califato de Córdoba se convirtió en una de las principales ciudades del mundo islámico, si bien siguió contando con una importante comunidad cristiana y judía, que fueron menguando con el tiempo debido a la represión por parte de las autoridades musulmanas.
En la primera parte del reportaje hablé sobre su casco histórico, bandera y escudo, así como su templo romano, el Triunfo de San Rafael de la Puerta del Puente y los molinos del Guadalquivir.
También hablé sobre pensadores filosóficos como Séneca y Averroes. Inclusive hablé sobre el reinado de Fernando III el Santo e hice ciertas fotografías por diferentes calles del centro de Córdoba.
En esta segunda parte del reportaje hablaremos sobre su joya de la Corona: la Mezquita de Córdoba. También hablaré del barrio de la Judería, el Alcázar de los Reyes Católicos y la Fiesta de los Patios en los próximos reportajes.
Así que, vamos a empezar por su principal monumento: la mezquita-Catedral de Córdoba.
La Mezquita-Catedral de Córdoba conocida como Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, y de forma popular conocida como Mezquita. es la catedral de la diócesis de Córdoba, calificada como Bien de Interés Cultural, calificado como Patrimonio Histórico de España.
Se trata de una arquitectura de estilo hispano-musulmán, gótico, renacentista y barroco. Tiene una longitud de 178 metros y una anchura de 125 metros.
La Mezquita-Catedral de Córdoba es el símbolo de la época de máximo esplendor de la ciudad. También es una muestra de la superposición de civilizaciones que se han sucedido en el lugar. El monumento que hoy se puede contemplar es un edificio heterogéneo formado por dos magníficos oratorios muy distintos entre sí. Como mezquita constituye la mayor del mundo islámico en Occidente, cuya superficie alcanza casi los 24.000 m2. Por otra parte, se trata de uno de los exponentes más importantes del denominado arte califal, junto con otros monumentos como la ciudad palatina de Medina Azahara.
Desde fuera, la mezquita se muestra con su imponente muralla almenada, fortalecida por torreones cuadrados y en la que se abren numerosas puertas. En el lado norte, donde se alza la torre, se ubican la Puerta del Perdón y la llamada del Caño Gordo. La Puerta del Perdón fue construida en el siglo XIV en estilo mudéjar. Recibe este nombre porque en ella el cabildo perdonaba las deudas en días señalados. Junto a la Puerta del Caño Gordo se encuentra un pequeño altar con reja donde se venera a la Virgen de los Faroles, de especial encanto por la noche en que es iluminado.
En el muro occidental destacan el Postigo de la Leche, de estilo ojival, llamado así porque en esta puerta se dejaban los niños expósitos que antiguamente recogía el cabildo, las puertas de San Sebastián y de San Miguel, y el Postigo de Palacio, de estilo califal. En la fachada oriental sobresalen las dos puertas que dan al Patio de los Naranjos: una, la Puerta de Santa Catalina, es de estilo renacentista y otra, sin nombre, presenta decoración churrigueresca.
El Patio de los Naranjos, que así se denomina, está situado en la parte norte del edificio. Tiene su origen en el patio de abluciones de la mezquita de Abderramán I, aunque también se utilizó para impartir enseñanza y realizar juicios. Fue posteriormente ampliado y reformado durante las siguientes etapas constructivas. El primer testimonio cristiano se ubica en 1263, cuando la familia Gómez de Alcázar solicitó albergar un sepulcro en "la claustra de Santa María". Fue bajo el mandato del obispo Martín Fernández de Angulo, cuando Hernán Ruiz I remodeló las tres galerías realizadas por el emir Hisham I en el siglo VIII, que fueron divididas en tramos de tres arcos peraltados, mientras que los capiteles fueron reutilizados en su mayoría de los existentes islámicos.
Las primeras referencias a la presencia de naranjos se remonta a 1512, aunque se desconoce el número y la distribución, mientras que en el siglo XVII se encuentran referencias de 80 naranjos, 12 cipreses, tres palmeras y un olivo.
Se trata de un recinto cerrado de 130 metros de largo por 50 de ancho. Sus lados occidental, septentrional y oriental se hallan rodeados de galerías porticadas y cuentan con seis puertas que comunican al patio con el exterior: la puerta de los Deanes y el Postigo de la Leche en su lado oeste; la puerta del Perdón y la del Caño Gordo al norte, y la puerta de la Grada Redonda y la de Santa Catalina al este.
Abderraman I ó Abd-al Rahmán I, cuyo nombre verdadero es Abderramán ibn Mu‘awiya ibn Hisham ibn Abd al-Malik, más bien conocido como "el Inmigrado", fue un príncipe de la dinastía omeya que, en el año 756, tras diversas vicisitudes, se convirtió en el primer emir independiente de Córdoba, fundado allí la dinastía Unawi. Reinó durante 32 años, dedicado fundamentalmente a aplastar las revueltas del anterior señor del territorio, de los partidarios de los abasíes y de algunos grupos bereberes.
Llegó a la Península Ibérica en el año 755, donde pudo al fin establecerse. Había escapado en 750 de la matanza de su familia en Damasco por los partidarios de los abasíes, los nuevos califas instalados en Bagdad. Cuando llegó aquí, el territorio estaba gobernado por delegados del califa de Oriente. Junto a la población local, aún mayoritariamente cristiana, estaban los componentes del ejército musulmán, árabes y bereberes.
Abd al-Rahman I desembarcó en la costa granadina, y después de ganarse el favor de las tropas y vencer algunas residencias, fue reconocido emir de al-Ándalus. Córdoba por entonces la capital y en su mezquita aljama, un edificio pequeño y modesto, la vieja basílica visigoda, fue reconocido por el pueblo como imán o guía religioso de la comunidad. El flamante emir omeya no podía, sin embargo, someterse a los califas abasíes de Oriente, aquellos que habían matado a su familia y le había arrebatado el califato. Por eso no se declaró emir independiente. El siguiente paso era construir su propio Estado y, cómo no, fundar una gran mezquita aljama en la capital, símbolo del renacimiento de su dinastía y lugar de oración de todos los musulmanes de Córdoba. La añoranza de Damasco siempre estará presente en las acciones de Abd al-Rahman I, hasta el punto de construir una alumnia o residencia en el campo que llamó Rusafa, como la de Siria, y donde plantó una palmera que le recordara a su lejana tierra. Murió en 788, tras lo cual subió al trono su hijo Hisham I.
Abderramán II o Abd al-Rahmán II, nacido en Toledo en el año 792, tomó las riendas del emirato omeya treinta años después, al morir su padre al-Hakam I. Su gobierno se extiende hasta 852 y constituye un período de gran apogeo cultural en el devenir de la historia de al-Ándalus, e incluso no faltaron cristianos que como Eulogio alabaron su política. Además de pacificar sus territorios, de ser un gran estadista y de saber organizar todo el aparato de la administración tomando como modelo el oriental, fue un constructor entusiasta, realizándose bajo su gobierno importantes obras en Mérida, Jaén, Sevilla, Murcia, etcétera.
Durante el emirato de "Abd al-Rahman II la ciudad de Córdoba recibió un gran impulso: se arreglaron calzadas, su mezquita aljama fue ampliada y restaurada, al igual que el alcázar, y se condujo a ella el agua corriente desde la sierra, la cual fue incluso utilizada en una gran fuente decorativa erigida junto al palacio omeya. Así mismo, llegaron a la capital libros, maestros y músicos de Oriente que permitieron el florecimiento de la cultura y el arte cordobeses.
La primera de las ampliaciones que se llevan a cabo en la mezquita cordobesa, por el aumento de población, tiene lugar durante el gobierno de Abd al-Rahman II y corre desde 833 al 852.
Se construyeron ocho naves transversales, añadidas a las de la primera etapa (1.796 m2). Esta parte se señala como el momento más interesante del desarrollo del arte heredado de los visigodos, con el Califal Cordobés, pues con el príncipe omeya reinante, contemporáneo del califa de Damasco Harum al-Rashid, Córdoba empieza a resplandecer en el mundo occidental como la capital de una extraordinaria corte en la que destacan muchos filósofos, poetas, médicos, músicos y un largo etcétera.
En 929, Abd al-Rahman III fue nombrado califa en la mezquita aljama de Córdoba, diecisiete años más tarde de acceder al trono. Mediante esta proclamación como máxima autoridad religiosa y política que se equiparaba a los califas abasí de Bagdad y fatimi de Qayrawan.
El primer califa de Córdoba estuvo muy preocupado por el mundo de la arquitectura, pero sus mayores esfuerzos fueron dirigidos a la ciudad paulatina de Madinat al-Zahra, fundada por él entre 936 y 940. A pesar de ello también fue importante su intervención en la mezquita aljama de Córdoba, especialmente en el patio.
Debido a la ampliación de Abd al-Rahman II, la sala de oración quedó muy desproporcionada respecto al antiguo patio de siglo VIII, proyectado para la primera mezquita. Se procedió a derribar parte del mismo para continuarlo hacia el norte, por lo que se tuvo que tirar el antiguo alminar de Hisham I, además fue necesario reforzar el muro de entrada de la propia sala de oración desde el patio, ya que peligraba su estabilidad ante el empuje de las arquerías de su interior.
La obra más emblemática de Abd al-Rahman III fue la construcción del gran alminar, que superaba los cuarenta metros de altura, en el flanco norte del mencionado patio en el año 951-952. Todavía se conserva en parte, dentro de la estructura del campanario, realizado en los años del siglo XVI por Hernán Ruiz, y puede contemplarse tras el hueco de las campanas al estar pintado de rojo intenso. Se articula mediante dos escaleras que se desarrollan en cada una en torno a su machón central; una servía para subir y otra para bajar, por lo que nunca se encontrarían dos personas en sentido contrario. Respecto a su alzado presentaba dos cuerpos, provistos de arcos de herradura en todos sus lados, y en su parte superior se hallaría el yamur o las tres manzanas típicas que se repiten en tantos alminares.
El segundo de los califas de Córdoba, Alhakén II tomó posesión del trono el 15 de octubre de 961, siendo su primera orden la de iniciar una nueva ampliación del templo. A tal efecto, en compañía del juez Mundhir Ben Said, el encargado de obras pías, juristas y testigos, se dirigió al oratorio con el fin de hacer el estudio para la nueva obra, acudiendo igualmente, para trazar los planos y disponer los detalles de la construcción los jeques y los arquitectos correspondientes; quedó encargado de la dirección, su liberto y primer ministro (hachib), Chafar ibn Abd ar-Rahman, el Eslavo. Más cuando estaban a punto de comenzarse los trabajos, se planteó la cuestión de orientación de la nueva qibla que define la orientación como había hecho su padre en la mezquita de Medina Azahara.
Unos, los arquitectos, opinaban que debía mantener la primitiva orientación, de manera que no alterarse la simetría del templo, y otros, los astrónomos, abogaban por rectificarla. En este punto de la discusión, el piadoso alfaquí (experto en el fiqh, o jurisprudencia islámica) Abú Ibrahim resolvió la disputa, dando la razón a los arquitectos. La intervención del alfaquí fue aceptada, dándose comienzo a la segunda ampliación de la Gran Mezquita de Córdoba en el mismo sentido que las dos anteriores.
Corría el año 962. Al templo primitivo se le añadieron doce naves transversales hacia mediodía, construyéndose en la entrada de esta ampliación y en su nave central, un lucernario de magnífica factura y extraordinaria belleza. Este lucernario muestra en su estructura, análoga a los que constituyen el mihrab, las fuertes nervaduras de piedra sobre las que se colocan pequeñas bóvedas que forman el conjunto y cuya importancia arquitectónica es extraordinaria, al igual que los arcos lobulados de la maqsura o antesala del mihrab, que era la zona reservada al califa o sus representantes, de los que puede asegurarse que son un adelanto de casi trescientos años de arquitectura.
En cuanto al resto de la ampliación, las columnas están alternadas de mármol azul y rojo, como igualmente los capiteles, que son del orden corintio, simples sobre los fustes y compuestos sobre los de mármol rojo, presentando el conjunto más uniformidad pues estos ya se fabricaron por completo en talleres califales. Los arcos son de ladrillo y piedra como en las partes anteriores, pero de mayor robustez que aquéllos.
Esta parte de la mezquita cordobesa es, sin lugar a dudas, la que tiene la mejor manifestación del Arte Califal, pues además de lo que dejamos citado, la obra más notable es la del mihrab, por su belleza tanto arquitectónica como decorativa, hasta tal punto que Al-Idrisi, después de admirarlo, dijo la siguiente frase: "Su belleza y elegancia desafían toda descripción. Ni griegos ni musulmanes labraron obra más exquisita".
Este soberbio mihrab está compuesto por tres capillas coronadas de sus correspondientes lucernarios. La del centro es el mihrab propiamente dicho y de las laterales, la de la izquierda es la llamada Bay al-mal (cámara del tesoro), en la que se guardaban los objetos litúrgicos del templo y las mandas pías o limosnas que bien en dinero o en especies se hacían al oratorio. La tercera, es decir, la de la derecha, era la entrada a un pasadizo (sabat), abierto entre dos muros en el que había ocho puertas, a través del cual el califa iba directamente desde su palacio (Qasr al-Julafá), el actual Palacio Episcopal, hasta la mezquita.
En cuanto a la decoración y arquitectura de este bellísimo conjunto, las tres capillas de la maqsura o antesala del mihrab están decotadas con foceifizas que el emperador bizantino regaló el califa. La cúpula de la central muestra, en el entrecruzamiento de las arquerías, ocho arcos ojivales de extraordinaria perfección que sostienen una gran concha formando el centro de la misma y decorada igualmente de mosaicos, a excepción del borde, formado por cerámica califal vidriada. De esta cúpula pendía una lámpara monumental, labrada en plata, que sustentaba 1.454 candillejas de aceite perfumado y en cada una de las laterales sendas lámaparas de la mitad del tamaño de la central.
La parte arquitectónica, sobre todo en el sector central, con el extraordinario alfiz de bellas inscripciones cúficas y la faja de arcos trilobulados ciegos que forman el coronamiento, son sencillamente de una insuperable fastuosidad.
El mihrab sorprende por su gran belleza y fantasía, tanto a nivel arquitectónico como decorativo. La maqsura o antesala del mihrab la forman tres capillas, cada una con sus lucernarios a manera de cúpula decoradas con mosaicos entre las que destaca la central, de perfecta progresión geométrica. De esta cúpula pendía una monumental lámpara de plata labrada con multitud de candilejas de aceite perfumado. La capilla de la derecha conducía a un pasadizo a través del cual el califa entraba directamente desde su palacio, y la de la izquierda daba acceso a la cámara del tesoro donde se custodiaban los objetos litúrgicos y legados que donaban al templo. El mihrab, nicho reducido de planta octogonal, posee una cúpula formada por una concha de piedra de una sola pieza.
La parte añadida por Almanzor está ampliamente comunicada con el resto de la mezquita por unas atrevidas arcadas abiertas en el primitivo muro oriental y en las que se ven algunas de aquella fachada, si bien algunas quedaron deshechas y otras tapiadas cuando se inicia esta última ampliación. De ellas, la que se encuentra en el extremo más meridional se conserva casi completa, lo que muestra la importancia y el valor de arte califal en su pleno florecimiento.
Se levantaron el mismo tipo de arcadas pero despareciendo en las dovelas la alternancia entre piedra y ladrillo rojo; el ladrillo fue simplemente sustituido por piedra y luego pintado en rojo. En cuanto a los techos, estos seguían el mismo modelo que el resto del templo, sin embargo se desmantelaron en el siglo XVIII colocándose en su lugar bóvedas encamonadas.
Si hasta ahora lo normal fue derribar el muro de alquibla para ampliar las once naves del templo hacia el sur, esta fórmula ya no era posible ante el desnivel del terreno y la cercanía del lecho del río Guadalquivir, por lo que fue necesario buscar otra solución; afortunadamente gracias a ello la gran obra de al-Hakam II se ha conservado. Hacia el lado occidental no podía crecer el edificio pues junto a la vía pública se hallaba el palacio califal y en su parte norte se encontraba el patio, por lo que finalmente sólo quedó la opción de aumentar el edificio hacia el este, a pesar de encontrarse casas y calles.
Con esta ampliación casi se dobló la superficie del haram o sala de oración. El conjunto contenía un total de 1.013 columnas, de las que se conservan 856 tras las reformas que se hicieron para integrar diversos templos cristianos.
Anteriormente, al hablar de la mezquita ampliada por Alhakén II, dábamos cuenta de algunas de las obras efectuadas por su padre, el primer califa omeya, anotando que también construyó un nuevo alminar, derribando el construido por Hisham I. Este nuevo alminar fue sin duda maravilla de su tiempo, ya que sirvió, desde entonces, como modelo para todos los de los países musulmanes de Occidente. El alminar se erige siempre del patio de abluciones y su función es más litúrgica que es estructural: desde él, almuecín llama a los fieles a la oración con una frecuencia de cinco veces al día.
La construcción de este alminar es toda de silería, con planta cuadrada y dos cuerpos que se elevaban hasta una altura de 40 metros, teniendo en cuenta su acceso por dos escaleras, independientes la una de la otra. En las fachadas de esta torre se abrían, como elementos que aparecen por vez primera en construcciones occidentales, unos bellos ajimeces, o ventanas de doble arquería, todos ellos sostenidos por una columna central con capitel y basa. En el primer cuerpo de este alminar había una crestería almenada y cerca de ella corría una arquería de columnas de turquesa. El segundo cuerpo estaba coronado por un fuerte tallo que ensartaba tres granadas de oro que remataba una gran azucena de plata.
El actual campanario de la catedral, iniciado a finales del siglo XVI por Hernán Ruiz el Joven, conserva en su interior gran parte de este antiguo alminar de la mezquita cordobesa. Desde su altura se ofrece una interesante perspectiva, que da una clara idea de la importancia arquitectónica y la enorme extensión que alcanza el templo con sus 24.000 m2, como también del actual Patio de los Naranjos, fachada principal de la mezquita y claustros.
La restauración del siglo XVI camufló externamente la estructura original del alminar. Posteriormente, en el siglo XVII se forró con piedra para darle mayor solidez y se añadieron dos nuevos cuerpos.
La Capilla Real se construyó en 1258 por orden del rey Alfonso X el Sabio para albergar su sepultura, aunque luego no pudo cumplirse tal propósito y se convirtió en sacristía de la Capilla de Villaviciosa. Se caracteriza por su decoración de yesería mudéjar que nos remite al arte granadino nazarí. La Capilla de Nuestra Señora de Villaviciosa data de finales del siglo XV y destaca por su espléndida cúpula. En unos de sus muros se encontraba la virgen titular, hoy instalada en el altar mayor de la Catedral.
La construcción de la Catedral, o Capilla Mayor, en el mismo centro del templo musulmán se inició en 1523 a propuesta del obispo Alonso Manrique, no sin polémica a causa de la fuerte oposición que lideró el corregidor don Luis de la Cerda para salvaguardar la obra original.
Finalmente fue preciso la decisión del monarca Carlos I para autorizar la nueva construcción, a pesar de que unos años más tarde, de paso por la ciudad y al ver la mezquita, edificio que hasta entonces desconocía, mostró su arrepentimiento. Al margen de lo discutido de la obra, el resultado es de gran interés.
Sus artífices fueron Hernán Ruiz, su hijo, Juan de Ochoa y Diego de Praves. Proyectada originariamente en estilo gótico, se observa la influencia de otros estilos arquitectónicos como el mudéjar, el plateresco y el isabelino.
Destacan la bellísima sillería del coro, del siglo XVIII, obra de Pedro Duque Cornejo, elaborada en caoba de Indias, en la que se representan escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento, de la vida de la Virgen María y de mártires cordobeses. También de estilo barroco son los púlpitos, que fueron tallados por Michel de Verdiguer. En el centro del crucero puede contemplarse una gran lámpara de plata, obra de Martín Sánchez de la Cruz. El retablo mayor está elaborado con mármoles de Carcabuey y contiene lienzos de Antonio de Palomino y esculturas de madera dorada de Pedro de Paz.
Separada de este conjunto central, a la izquierda de la quibla se sitúa la Sacristía, también llamada Capilla de Santa Teresa. Su construcción se realizó en 1703 y alberga el sepulcro del cardenal obispo de Córdoba, Pedro de Salazar, que quien mandó construirla. A través de una de sus puertas laterales se accede a las dependencias que guardan el magnífico tesoro catedralicio. De las diversas piezas destaca, entre otras muchas, la Custodia de Arfe que representa una catedral gótica y cuya altura supera los dos metros. La Custodia de Arfe sale en procesión cada año en el día del Corpus desde 1518.
Junto a la Capilla de Santa Teresa, en el muro que da a levante, puede contemplarse el lienzo de La Santa Cena, obra de Pedro de Céspedes del siglo XVI. Cerca queda una altar independiente de estilo mudéjar con La Anunciación, pintura de Pedro de Córdoba del siglo XIV.
El cerramiento de la mezquita está compuesto por una fuerte muralla de sillares colocados a soga y tizón, con crestería almenada. Tiene el aspecto de una fortaleza - la mezquita es fortaleza de fe para los musulmanes - y en ella se abren numerosas puertas. Destacamos la llamada, desde después de la Reconquista, de San Sebastián, en la que aparecen las primeras inscripciones hechas por los artistas musulmanes, como asimismo tal vez las primeras decoraciones y arquerías se hacen en el templo a partir del reinado de Abd al-Rahman I, en cuya época se construye. Al ser la inicial, sirvió de modelo para el resto de puertas laterales construidas en época islámica.
En el mismo muro, hacia el sur, se sitúa la Puerta de San Miguel, construida en la primera ampliación de la mezquita si bien en el siglo XVI se le añadió el escudo del obispo Juan Daza. Le siguen cuatro puertas correspondientes a la segunda ampliación, la de Alhakén II. Las tres primeras, llamadas Puerta del Espíritu Santo, Postigo del Palacio y Puerta de San Ildefonso, presentan similar factura en estilo califal y la cuarta, sin decoración, llamada Puerta del Sabat, tenía n puente que comunicaba directamente la mezquita con el alcázar andalusí, tal como indica el nombre, pues Sabat significa pasadizo que conecta la mezquita con el palacio. Al otro lado, de la Puerta de San Sebastián, ambas con acceso al Patio de los Naranjos, están la Puerta de los Deanes, del siglo VIII pero que sólo conserva de la original frontal interior, y el Postigo de la leche, de estilo ojival, diseñada en el siglo XVI por Hernán Ruiz el Viejo. Su nombre recuerda que en ella se dejaban los niños expósitos que antaño recogía el cabildo.
En el muro norte sobresale la Puerta del Perdón, la principal de la mezquita-catedral. Fue construida en el siglo XIV, durante el reinado de Enrique II de Trastámara, y reformada en el siglo XVII. Se trata de una puerta monumental, con paños de bronce que contienen alabanzas al Creado. Los llamadores que hay en cada una de las hojas que hay en cada una de las hojas son dos bellísimas obras de arte de los artesanos broncistas de la época. La puerta recibe este nombre porque en ella el cabildo perdonaba las deudas en días señalados.
También se encuentra en la fachada norte la Puerta del Caño Gordo, de estilo neoclásico, así llamada por la fuente de igual nombre adosada en el mismo muro. Este caudal ya se conocía en el siglo X, siendo la fuente actual fruto de una reforma realizada en el siglo XVIII. Junto a la Puerta del Caño Gordo está el Altar de la Virgen de los Faroles, de especial encanto por la noche en que es iluminado por sus once faroles. La actual pintura de la Virgen de la Asunción se debe a Julio Romero de Torres, cuyo original puede admirarse en el museo dedicado a este célebre pintor cordobés.
En la fachada oriental, de norte a sur, se sitúa primero la Puerta de la Grada Redonda, de estilo chrrigueresco, que fue construida en 1738. Esta y la que sigue, la de Santa Catalina, dan acceso al Patio de los Naranjos. La Puerta de Santa Catalina, de carácter renacentista, obra de Hernán Ruiz el Joven, muestra en uno de sus ángulos una cartela que nos muestra como el alminar antes de ser transformado en campanario. La puerta debe su nombre a su proximidad con el desaparecido convento de Santa Catalina. Vienen después las puertas de San Juan, del Baptisterio, de San Nicolás, de la Concepción Antigua y de San José, de estilo califal, todas ellas restauradas en 1913 por el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco. Se mantienen en estado más primitivo las dos últimas puertas del muro oriental, llamadas de San José y de Jerusalén, asimismo de estilo califal.
El muro sur, correspondiente con la qibla de la antigua mezquita, está exento de puertas. En época ya cristiana se construyeron en él dos altares, un balcón de estilo plateresco y. en su extremo occidental, dos filas de cinco balcones, al final de cada nave, que se abrieron en el siglo XVIII para favorecer la entrada de luz natural al templo.
Espero que os haya gustado la segunda parte de este reportaje.
Nos vemos en próximo blog.









































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